Os presento la portada:

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Gracias, mil gracias, a todos los que me habéis leído y comentado, sin vosotros, esta entrada no hubiera sido posible.

“La inspiración es una amante caprichosa”, me dijo cuando, preocupada, le pregunté el porqué de mi incapacidad para crear nuevos cuentos durante aquellos últimos meses. Pero la explicación no terminó con esa afirmación, y el maestro siguió hablando:
“La inspiración es una amante caprichosa. Cuando está se muestra dócil y productiva, pero cuando falta… Cuando falta, su ausencia puede volvernos locos. ¿Cómo alguien que nos ha amado tanto, que nos ha hecho producir auténticas maravillas, o que simplemente nos ha ayudado a crear puede irse así, tan de repente? Nos deja solos, desprotegidos, sin una parte esencial de nosotros. Nos abandona, dejándonos desamparados, como si fuéramos un pintor sin pinceles, un escritos sin tinta, un escultor sin cincel…
Y cuando vuelve… Cuando vuelve sonreímos como idiotas y sin recriminarle que se haya marchado tratamos de aprovechar cada momento que nos da, cada segundo mientras siga con nosotros, amándonos, entregándose a nuestra obra, antes de marcharse de nuevo.
Y así…así se pasa el tiempo, entre idas y venidas, entre musas y demonios… Pero ella siempre vuelve, y cuando lo hace, la recibimos de nuevo, encantados.”
“Ahora lo entiendo, maestro”, dije, “esperaré a que vuelva y cuando lo haya hecho aprovecharé todo el tiempo que me dé. Gracias.”
Imagen: París (2009) , Torre Eiffel, ¿una fuente de inpiración?
Esa mañana, mientras se peinaba, David había tirado el pequeño espejo que tenía sobre el lavabo. “Mierda”, pensó, “eso serán siete años de mala suerte”. Más tarde, de camino al trabajo con su bicicleta, un gato negro se cruzó en su camino, y para evitar atropellarlo tuvo que desviarse y pasar por debajo de una escalera. “¿Más mala suerte? ¿Qué me pasa hoy?”. Ese mismo día, mientras dejaba la bici encadenada antes de entrar al trabajo, empezó a llover, por lo que David tuvo que abrir el paraguas, que se atascó haciendo que David no pudiera cerrarlo antes de entrar a su edificio. “Esto ya es de cachondeo”, pensó David, cuando de repente un cascote cayó desde el techo que estaban arreglando en aquel momento y rebotó en el paraguas que aún no había conseguido cerrar. Entonces, David supo que podía reírse de la mala suerte. ¿Supersticiones? ¿Quién dijo que fueran ciertas?
Es como intentar describir el viento… ¿Cómo describo algo cómo el mar? Quien no lo haya visto nunca no se contentará con una simple descripción, como por ejemplo: una gran masa de agua. El mar es algo más: es agua, son las olas con las que juegan los niños y los no tan niños, son las olas que arropan a los enamorados bajo la luz de la luna, son esas olas que alguna vez nos han hecho cosquillas en los pies… Pero el mar es también la gente que nada en él, los barcos que lo surcan, las especies que lo pueblan: desde las grandes ballenas, los hermosos delfines, hasta los seres microscópicos que en él habitan, que llevan allí más tiempo del que el ser humano ha poblado
¿Y cómo describir el mar sin hablar de su olor? Ese olor a salitre, que te pica en la nariz, que es imposible de olvidar. ¿Y el sonido? No olvidemos el sonido del mar, aunque todo el mundo lo ha escuchado: ¿quién no se ha puesto nunca una caracola en la oreja y ha exclamado ¡se oye el mar!?
El mar es todo y nada, todo lo que acabo de describir, y un acúmulo de sensaciones: paz, relax, o por el contrario agobio… Como casi todo, depende de la experiencia…
Un pequeño ejercicio de descripción...
Todo, y al mismo tiempo nada, pasó por su mente en aquel momento: la sed de sangre, su sabor, la sensación de tener una vida en sus manos, de saber que era él quien decidía si alguien vivía o moría; se sentía un dios, pero había descubierto bruscamente que no lo era. Quiso apartar esas imágenes de su cerebro, y lo logró, puesto que había sido él quién las había evocado.
Entonces empezó a recordar algo que estaba profundamente enterrado en su memoria: su primer amor, su primera víctima, la primera vez que se había alimentado de sangre, todo parecía tan real, como si lo estuviera viviendo de nuevo.
De este modo, empezó a contarle su historia:
“Dicen, que poco antes de morir toda nuestra vida pasa ante nuestros ojos, como si de una película se tratara. Pero ahora, soy capaz de confirmar que esta afirmación es completamente falsa. Si quiero que mi vida pase por delante de mis ojos, tal y como la he vivido, sin que parezca un sueño, debo ser yo quién la recuerde y la haga pasar. Si realmente quieres conocer mi historia, cierra los ojos, y la película comenzará.
Siempre quise ser el guionista de mi propia vida, y durante mucho tiempo creí que así había sido, pero resultó que no era yo quién la regía, si no que me movía al compás de la melodía que cantaban mis más viles instintos.
Tenía solo 15 años cuando la sentí: la sed. Intenté saciarla, pero ni el agua, ni los refrescos, ni siquiera el alcohol tuvieron los efectos deseados. Recorrí la casa buscando algo que me saciara durante horas, hasta que me corté con una de las botellas que había tirado al suelo en plena desesperación. Siguiendo un acto reflejo, me llevé el dedo herido a los labios, y entonces noté como parte de mi sed desaparecía, ¡allí estaba! La solución, mi propia sangre había logrado calmar mis ansias por beber.”
- Cuéntame algo sobre tú primera víctima. – Él levanto la vista. Aquella extraña mujer acababa de pronunciar al fin sus primeras palabras.
Hasta ahora, no había dicho absolutamente nada, simplemente había permanecido allí sentada, frente a él, escuchándole, escudriñando cada uno de sus gestos, cada uno de sus movimientos.
Era la primera vez que él la observaba detenidamente. Era joven, muy guapa, aunque demasiado pálida y sus ojos… Aquellos ojos oscuros estaban repletos de expresividad, de rabia, pero también de tristeza. Sergio no pudo evitar preguntarse qué es lo que le había ocurrido, qué podría haberla hecho sentir así: tanta rabia acumulada, tanta tristeza de la que no se había podido deshacer…
“¿Mi primera víctima? Fue tres días pues de haberla sentido, de haber comprendido que la sangre era lo único que calmaba mi sed. Supe que si no bebía pronto, si no saciaba aquella apremiante necesidad, enloquecería. Supe también, por supuesto, que no podía alimentarme de mi propia sangre, a pesar de haber sido ésta la que había logrado saciarme en un principio, la que me había ayudado a descubrir cuál era el remedio para mi enfermedad.
Había pasado esos tres días en casa, en la cama, por orden de mi madre, que al verme tan pálido y notar que no tenía ningún apetito pensó que estaba enfermo. De repente, recibí una visita inesperada: la chica más guapa de clase, la chica de la que yo estaba enamorado, vino a verme, preocupada por mi ausencia en el instituto. ¡No me lo podía creer! Mi madre la dejó pasar, y ella se sentó a mi lado. Empezamos a hablar y en aquel momento pude verlo, pude leerlo en sus ojos, me amaba, y deseaba que me recuperara. Fue el instante más feliz de mi vida, pero duró poco, ya que sin poder evitarlo mi mirada se dirigió instintivamente hacia su cuello, hacia aquel hermoso cuello en el que latían venas y arterias. La sed se adueñó de mí, y sin pensarlo dos veces, la acerqué a mí y me alimenté de su sangre. La maté, y sufrí muchísimo en ese momento, nunca había sido ni intención matarla, pero no había logrado controlar mi ansía. Aterrado por lo que pudiera ocurrirme huí de casa, salí por la ventana, saltando al árbol más próximo, y corriendo hasta que estuve lejos. Me escondí durante meses, esperando que nadie me encontrara y sobreviviendo a base de la sangre de los animales que se cruzaban en mi camino. Tuve mucho tiempo para reflexionar y, al menos durante un mes lloré la muerte de la chica a la que amaba, pero descubrí que quizá a ella le hubiera gustado morir así. Ella me amaba, había muerto para salvarme, para que yo pudiera seguir viviendo, no era algo tan malo. Aquel amor que había leído en sus ojos era real, y si así era, ella hubiera estado dispuesta a hacer ese sacrificio por mí, y así lo hizo.
Pese a lo que pensaba, no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas al hablar de ese capítulo de su vida, que creía cerrado hacía ya tanto tiempo. Miró a su interlocutora, y para su sorpresa, vio que ella también lloraba. Sin embargo, las suyas eran lágrimas diferentes, en su mirada había rabia, además de tristeza e impotencia. Se preguntó qué la habría hecho sentirse así, pero no se atrevió a dirigirse a ella sobre ese tema en voz alta. Sin embargo, deseaba preguntarle algo:
- Has venido a matarme, ¿no es así? ¿Me matarás ahora que te he contado lo que querías saber?
- Está bien – dijo ella, haciendo caso omiso de su última pregunta – tú ya me has contado tu historia, al menos la parte que necesitaba saber, dejaré que ahora escuches cuál es la mía, aunque te haré un resumen. ¿Sabes? Hace 20 años yo tenía una hija, una niña preciosa. Contaba con solo tres años cuando su madre desapareció. Una noche, mientras volvía a casa, alguien me atacó, y me mordió en el cuello; creí que iba a morir allí mismo, pero no fue así, desperté con una nueva percepción de la realidad, y con una apremiante sed que comprendí como sed de sangre y sacié pronto con un viandante desprevenido. Sabía que no podía volver así a casa, tanto mi marido como mi hija corrían peligro, así que dejé que me dieran por desaparecida. Pero nunca me alejé demasiado, siempre estuve vigilando a mi pequeña, la vi crecer y enamorarse por primera vez, y fue ese amor el que la mató. Sí, como te estás imaginando, tu primera víctima, la chica a la que amabas, era mi hija, mi preciosa niña, y me la arrebataste con tus propias manos. Debía vengarme, Dios sabe que debía hacerlo, así que ingresé en la policía, me convertí en inspectora, y conseguí un permiso para venir a verte. ¿Aún no te has dado cuenta? Toda esa historia que me has contado es solo un cuento, una forma que tiene el miedo de evadirte de tu realidad, no eres ningún vampiro, eres un asesino que ha matado jóvenes sin mostrar piedad alguna durante los últimos tres años, hasta que la policía dio contigo y te atrapó. No dejaré que escapes de la realidad. Vas a morir hoy, en la silla eléctrica, y espero que sufras, que sufras todo lo que han sufrido tus víctimas y sus familias.
Una vez hubo terminado de hablar se levantó y miró al asesino a los ojos, estaba completamente anonadado, entonces él le dijo:
- Te equivocas, no soy ningún asesino, realmente soy un vampiro, las maté por necesidad, ellas sirvieron a una noble causa.
- Esperaba que dijeras eso, por eso te he traído un regalo.
Sacó una pequeña jeringuilla de su bolso, y se la clavó al preso en el cuello, empujando el émbolo hasta que todo su contenido hubo penetrado en su torrente sanguíneo. Él intentó gritar, pero ningún sonido salió de su garganta.
- Tranquilo, es normal que durante unos minutos no puedas decir nada, pero después serás consciente de todo: te he inyectado una sustancia que hará que percibas la realidad, sin que tengas ninguna oportunidad de evadirte. Tendrás consciencia de todo hasta el momento en el que exhales tu último suspiro.
Se fue, dejándole allí, pero observó su cara, su expresión mostraba auténtico pánico. Una sonrisa afloró en los labios de aquella inspectora, había cumplido su objetivo, y había llevado a cabo su venganza. Ahora podría morir en paz. Salió al tejado, y observó el amanecer, los primeros segundos al menos, hasta que dejó de sentir, y su cuerpo se convirtió en cenizas, que una ráfaga de viento esparció por toda la ciudad.
Fin
Sergio guardó el documento y lo copió en una memoria portátil. Ahora solo le quedaba llevarlo a la editorial y en un par de meses estaría en las tiendas. Se sentía orgulloso, aquella historia era la mejor que había escrito. Se preparó para marcharse, pero empezó a sentirse sediento. No era el mejor momento, pero hacía tiempo que había prometido no cazar en el trabajo, así que tendría que salir a buscar su comida. Su editora podría esperar, al fin y al cabo, él era su mayor fuente de ingresos, por eso se amoldaba a sus deseos y a su horario y trabajaba siempre de noche…
Creo que nunca he pedido gran cosa, y ahora que necesito algo, que estoy pidiendo una musa, que la llamo, ha decidido dejarme sola. No sé si se está vengando de mí por haberla sobreexplotado en algún momento ya pasado, o si simplemente no le caigo bien y no quiere estar a mi lado. Sé que no soy un ser muy sociable, pero nunca pensé que a las musas les importara. Las siento cuando están a mi lado, sé que están allí, ayudándome, apoyándome, susurrándome al oído la palabra adecuada cuando no consigo encontrarla, y sin embargo ahora, cuando me siento frente al papel, pluma en mano, lo único que siento es el vacío. El vacío que se cierne a mi alrededor, está allí, siempre, incluso cuando estoy rodeada de gente, pero se acentúa cuando cojo la pluma y vienen a mi mente ideas y palabras que no sé cómo unir, no sé hacerlas fluir sin ayuda. ¿Habré agotado a mi musa? ¿Volverá? Seguiré buscándola, y llamándola cada día, esperando que regrese, porque no sé si podré vivir sin ella.
Sus ojos, los de aquella dulce niña, se perdieron lentamente en la hoguera que ardía en la pequeña chimenea de la casa del pueblo. Había protestado, no quería pasar allí las navidades, y les había dicho a sus padres que se aburriría mucho. Pero no era eso lo que temía, era algo más infantil, tenía miedo de que Santa Claus no encontrara la chimenea por la que bajar, que no supiera que estaba allí, y llevaba todo un año esperando esa mágica noche. Así que se sentó a admirar el fuego.
Veía como las llamas bailaban, las veía tintinear sobre aquel tronco que se iba consumiendo lentamente, al mismo tiempo que sus párpados caían cansados, agotados tras un duro día de protestas y enfados.
Despertó de repente de aquella ensoñación, cuando no quedaban ya más que cenizas en la chimenea, y escuchó un ruido, un sonido que no hizo que se estremeciera, ni que sintiera miedo, si no que la instó a tumbarse en el suelo y hacer como que dormía, manteniendo un ojo abierto, sin dejar de observar el hogar.
De pronto, vio aparecer algo, una bota, seguida de una pierna recubierta con un pantalón rojo. Tuvo que contenerse para no dar saltos de alegría al ver a Papá Noel entrando por la chimenea: ¡se había enterado de que estaban allí! ¡Tendría regalos esta Navidad!
Y vosotros, ¿estáis ilusionados o protestáis? Os ofrezco un brindis, con champán virtual si es necesario: “Por un año cargado de ilusiones, de cuentos, de críticas, y de triunfos”
¡Feliz Navidad a todos!
- Lo siento, llego tarde.
- Ya me he dado cuenta de ese pequeño detalle.
- Mucho tiempo sin escribirle, señor, le pido disculpas. Sin embargo, espero que no haya sido demasiado.
- Nunca es demasiado tiempo, siempre estaré dispuesto a escucharla a usted y a sus divertidos cuentos.
- ¿Me concede usted, entonces, Licencia Para Soñar?
- La tiene, claro está, sea bienvenida de nuevo, mi querida compañera. Será como siempre, recibida con los brazos abiertos.
- De veras, lamento el retraso….
Si un blog pudiera hablar….
Mi cuerpo se estremece con un ligero temblor, hacía tanto tiempo que no estabas junto a mí, que casi había olvidado cómo te quería. Mis manos acarician todo tu cuerpo, y paseo mis dedos por tus puntos clave, presionando los que me interesan, mientras acerco mis labios a los tuyos, haciendo que emitas un suave gemido tras otro.
Había olvidado la sensación de tenerte aquí, a mí lado, como si solo estuviéramos tú y yo, como si el tiempo no existiera.
Pero el tiempo existe, y debo separarme de ti, no sin antes darte las gracias por estos maravillosos momentos.

Hace unos cuantos días que El Ente me lanzó esta botella, para que yo añadiera mi propio mensaje, y aquí está:Se paró allí, en mitad de aquel largo pasillo, a observarle. Pensó que era perfecto para ella, que podría ser él a quien llevaba buscando tanto tiempo. Era alto, esbelto, su cabello, recogido en una coleta, era negro azabache, y sus ojos eran de color azul intenso, haciendo que su mirada tuviera un aura misteriosa. Estaba apoyado contra la pared, inmerso en la lectura de un libro que ella había leído más de tres veces: “
Ella empezó a imaginarse cómo podría ser su vida junto a un hombre así. El podría ser profesor y ella… ella quería ser médico. Tendrían una casa preciosa, decorada con muy buen gusto y habitada también por un par de niños pequeños, con los ojos de su padre y la sonrisa de su madre.
Decidió entonces que ya era hora de dar un paso adelante, así que apartó sus ojos del cuadro que representaba al hombre de sus sueños, y siguió su camino por aquella galería de arte.
Cuando levantó la cabeza, sus ojos parecían dos ardientes llamas, y su boca estaba cubierta de sangre. Ellos dos eran los últimos que quedaban con vida de toda la expedición, y le habían visto devorar a sus víctimas una tras otra. El ritual era siempre el mismo, nada de carne, únicamente engullía las vísceras. Mientras por algún extraño conjuro el corazón de sus víctimas aún latía, él comenzaba devorando su hígado, seguido del estómago y del bazo, y finalmente, el golpe decisivo, el corazón, que aún latía en el interior del pecho de la víctima. Por alguna razón, nunca devoraba los pulmones o los intestinos de los pobres infelices que iban a parar a sus fauces.
Marta y Roberto, los últimos de aquella expedición, llevaban un buen rato discutiendo cuál era la mejor manera de escapar de allí. Se les habían ocurrido muchísimos planes, pero ninguno de ellos sensato, o con una mínima posibilidad de llegar a buen puerto.
Cuando la bestia se sumergió de nuevo en su víctima, ellos continuaron con su discusión:
– Vamos a ver, Marta, aunque encontremos un modo de escapar de aquí, no servirá de nada si no logramos desatarnos. – Roberto trataba de parecer serio, pero el miedo se notaba en su voz.
Sin que él supiera porqué, una sonrisa burlona apareció en el rostro de Marta, que le mostró sus manos, libres ya de ataduras, y acto seguido, se colocó tras él para liberarle de las suyas.
– Pero… ¿cuándo te has desatado? Y, ¿por qué no me has dicho nada antes? – Roberto no podía ocultar su asombro ante la visión de las manos desatadas de su compañera.
– Me desaté hace poco, no te he dicho nada porque ese horrible ser estaba mirándonos, y no sé si puede o no entender lo que nosotros decimos. El último nudo y… ¡Deja de moverte, o no terminaré nunca! Ya está, eres libre, vayámonos con sigilo, por allí he visto antes una pequeña abertura, por la que podremos pasar. –
Salieron por aquel pequeño hueco, despacio, tratando de no hacer ningún ruido. Roberto se frotaba las muñecas, no podía creerse que hubieran podido escapar de ese ser con vida. Miró a su compañera, como si de repente no la conociera, y pensó que nunca le había visto demostrar tanta seguridad en sí misma. Marta se percató de que él no dejaba de mirarle embobado, así que hizo que volviera a la realidad:
– No me mires así, Roberto, esto no ha hecho más que empezar, debemos matar a esa bestia y salir de aquí, pero primero tenemos que averiguar cómo hacerlo. –
Al escuchar esas palabras, él se paró en seco:
– ¿Matarla? ¿Te has vuelto loca? ¿O es que has olvidado cómo han terminado todos nuestros compañeros? – Roberto miraba a su amiga como si realmente se hubiera vuelto loca, como si quisiera convertirse en una heroína de una de aquellas series de ficción que tanto le gustaban.
– Precisamente porque no he olvidado como han acabado nuestros compañeros debemos acabar con la bestia, para que nadie más pase por lo que ellos han pasado. – Volvió sobre sus pasos para agarrar a Roberto y hacerle continuar.
Caminaron por aquella cueva, hasta que las fuerzas empezaron a fallarles, y decidieron buscar algún lugar lo suficientemente seguro como para descansar. Encontraron una pequeña excavación natural, en la que podrían refugiarse hasta haber recuperado fuerzas. Roberto se sentó, con la espalda apoyada en la pared, y empezó a hablar:
– No me lo puedo creer, tenemos la oportunidad de buscar una salida para escapar de aquí, y a ti se te mete entre ceja y ceja que hay que matar a ese monstruo. No te reconozco, Marta, siempre había creído que eras una cobarde, pero mírate, buscando la forma de acabar con la bestia. Por una parte esto me resulta excitante: la adrenalina de la lucha, de la huída, el trabajo de nuestras neuronas buscando una solución al problema… Pero por otro lado, parece que estemos inmersos en una película de terror, una de esas en las que no sabes cuándo te darán el próximo susto, el problema es que en nuestro caso, el próximo susto podría ser el último… –
– Ven a ver esto, Rober. – Marta estaba absorta en algo que había en aquella pared, así que Roberto se levantó y se acercó.
– ¿Qué se supone que es eso? Parecen… No puede ser, hay algo escrito, ¿qué pone? –
Marta pasó el dedo por aquella escritura y leyó: – “Como mata, la bestia morirá. –
Roberto parecía asombrado: – ¿Qué crees que significa? ¿La bestia se merece morir por haber matado tanto? –
Una chispa iluminó de repente los ojos de Marta, que se volvió hacia su compañero diciéndole: – No, es más sencillo que todo eso, significa que la bestia debe morir de la misma forma que mata a sus víctimas, ¡tenemos que comérnosla! –
– ¡¿QUÉ?! – Roberto no cabía en si de asombro, pensaba que Marta se había vuelto loca, así que intentó disuadirla: – Piénsalo bien, ¿crees que podremos sobrevivir si intentamos matarla? Es más, ya has visto como se come a sus víctimas, ¿crees que vamos a poder igualarlo? El corazón aún debe latir cuando lo devoremos, ¿cómo vas a conseguir algo así? –
– Mira con atención la pared, ¿ves los dibujos? Describen perfectamente como debemos abrirla para poder hacer con ella lo que ella misma ha hecho con nuestros compañeros. Lo he memorizado, no te preocupes, ahora debemos encontrar a esa
bestia. –
Comenzaron a recorrer a tientas la gruta en la que se encontraban, mirando en cada rincón, hasta que fueron invadidos por un nauseabundo olor, que les hizo saber que ya estaban cerca. Ralentizaron el paso, para no hacer ningún ruido que pudiera alertar al monstruo, hasta que lo encontraron, dormido en un rincón, rodeado de los cadáveres semidevorados de sus víctimas. En esta lucha, era Marta la que llevaba la voz cantante, así que ordenó a Roberto que entrara allí y sujetara las manos de la bestia. Una vez lo hubo logrado, ella invadió la escena, derramando un puñado de tierra sobre los ojos de la bestia, que dejó de imponer resistencia. Ninguno de los dos tenía un cuchillo ni ningún elemento punzante, así que usaron las propias garras de aquel ser para abrirle en canal, mientras su corazón aún latía.
Sin ningún tipo de duda, Marta comenzó a devorar el hígado, y Roberto, aún invadido por la inseguridad, siguió su ejemplo. Le hicieron a ella lo mismo que la habían visto hacer a todos sus compañeros, la devoraron poco a poco, terminando por su corazón, que aún latía, al igual que el de sus víctimas. Tras engullir el último fragmento de su corazón, lo que quedaba de la bestia, de desvaneció, convirtiéndose en polvo.
Marta y Roberto, permanecieron allí un rato, absortos en sus pensamientos, hasta que ella se levantó y tiró de él, obligándole a salir de su ensoñación. Aún algo aturdidos, vagaron por la cueva en busca de una salida, hasta que por fin la encontraron, y pudieron ver de nuevo la luz del día. Cuando sus ojos finalmente se acostumbraron a la deslumbrante claridad, pudieron divisar a varias personas, vestidas de amarillo, corriendo hacia ellos. Ambos estaba agotados, así que sus ojos se fueron cerrando poco a poco mientras oían palabras sueltas como: deshidratados, suero, sangre…
Cuando Marta despertó, estaba sola, en una blanca habitación de hospital. Quiso levantarse, pero algo la retenía en la cama, no supo de qué se trataba hasta que se miró las muñecas y vio que estaba esposada pero, ¿por qué? En ese momento, una enfermera entró a cambiarle el suero y, al ver que estaba despierta salió enseguida cerrando la puerta. Marta escuchó entonces voces que parecían venir del pasillo:
– Señor, sí, ya está despierta, puede subir cuando quiera. – Sobrevino un silencio, como si la enfermera estuviera recibiendo alguna indicación. – Está bien, se lo diré. –
Marta escuchó los pasos de aquella mujer, alejándose por el pasillo, y cinco minutos después vio abrirse la puerta, por la que apareció un hombre, que se identificó con inspector Reyes.
– ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué estoy esposada a esta cama? ¿Dónde está Roberto? – Las preguntas se agolpaban en la cabeza de Marta, mientras el inspector la miraba, impasible.
El inspector habló entonces con una voz que denotaba una gran seriedad: – Su compañero murió durante el traslado al hospital, su corazón había sufrido mucho, y los sanitarios no consiguieron reanimarle, lo siento. En cuanto a porqué está esposada, está usted detenida acusada de 28 asesinatos, con el agravante de canibalismo. –
Marta pensó que aquello no podía estar pasando, ella no había matado a nadie, únicamente a aquella bestia, para impedir que no matara a nadie más.
– No puede ser real… Yo no he matado a nadie. ¿Quiere saber lo que realmente pasó en la cueva? – El inspector asintió, esperando que Marta le diera alguna explicación.
Pensó que acusaría a Roberto, que intentaría librarse culpando a su compañero muerto, pero para nada se esperaba la explicación que escuchó salir de sus labios. Le habló de la bestia, de cómo habían escapado, de la inscripción en la pared y de cómo la habían matado devorándola hasta convertirla en polvo. Reyes no cabía en si de asombro, por la historia que le había contado, y por lo convencida que estaba ella, sin duda ella creía que lo que decía era verdad.
Por desgracia para Marta, nadie le creyó, y terminó siendo portada de todos los periódicos, como la asesina caníbal, que devoró a sus compañeros cuando aún estaban vivos. Fue examinada por varios psicólogos antes del juicio, en el que se alegó demencia.
Hoy en día, Marta está encerrada de por vida en un hospital psiquiátrico, lleva 20 años sin pisar la calle, pero le cuenta su historia a todo aquel dispuesto a escucharla. Sin embargo, hasta ahora, nadie la ha creído, todos la toman por una loca asesina, y hay quien cree que su locura fue únicamente una tapadera para evitar la cárcel, pero que se ha visto obligada a continuar con ella.
¿Está Marta realmente loca o dice la verdad? La versión oficial de la justicia dijo que perdió la cordura antes de cometer aquellos horribles crímenes. Tras tantos años, incluso la propia Marta ha comenzado a dudar de si salud mental, y se pasa todo el día encerrada en su habitación, pidiéndole perdón a Roberto, pensando que debería haberle hecho caso, y haber salido de aquella cueva sin hacerse la heroína, sin haber matado a aquella bestia… Sin embargo, en su interior alberga una extraña sensación, se siente bien, está orgullosa de haber acabado con ella, quién sabe cuántas personas se habrán llegado a salvar gracias a las acciones que decidió llevar a cabo en aquella cueva. ¿Fue Marta una asesina, o crees que fue una heroína?
No era posible, se estaba representando una obra, sin público, ¡y sin actores! Entonces nos dimos cuenta de que no se trataba de que no hubiera actores, si no que nos costaba verlos, debido a su condición translúcida. En un principio nos pareció algo imposible, pero no podíamos negarlo, lo estábamos viendo con nuestros propios ojos, se trataba de una obra representada por fantasmas. No queríamos creérnoslo, pero cuando nos acostumbramos a la oscuridad que allí reinaba, pudimos verlos claramente, cada uno representando un papel, sin darse cuenta de que estábamos observándolos. Yo nunca había creído (o más bien no había querido creer) en esas cosas, pero no podía negar lo que estaba viendo, y tampoco conseguía encontrar una explicación racional a aquello.
No sabría decir cuánto tiempo llevábamos allí, observando en silencio, cuando apareció alguien de carne y hueso, al que Dani reconoció, y por cómo habló con él supuse que era el dueño del teatro. Discutieron, o más bien Dani discutió, ya que su interlocutor se mostraba bastante calmado, como si estuviera esperando a que él terminara de desahogarse. Al fin, conseguí que Dani se calmara, y le pedí a aquel hombre que dijera lo que tuviera que decir. Nos dijo que sentía habernos llevado hasta allí mediante engaños, pero que aquellas almas necesitaban ayuda, una ayuda que solo alguien que supiera escribir podría darles. Le pedí que nos contara su historia, y así lo hizo:
“Las que aquí veis, son almas en pena, se trata de una antigua compañía de teatro cuyos miembros murieron durante un ensayo debido a un incendio. Por desgracia, la obra que ensayaban estaba inacabada y tras el incendio el escritor desapareció. No sabían qué era lo que les había pasado, ni siquiera sabían que habían muerto, hasta que se dieron cuenta de que fuera del teatro, nadie podía verlos. Intentaron, en vano, buscar al escritor para que terminase la obra, pero al no encontrarlo, ellos se vieron condenados a repetir una y otra vez la misma escena, hasta que alguien escriba un final digno de ella. A mí me han enviado para ayudarles, por lo que trato de atraer hasta el teatro a los escritores más prometedores, para que alguno consiga liberar a estas pobres almas, pero por desgracia, hasta ahora ninguno lo ha logrado. La mayoría huyeron al conocer su historia, y los que se quedaron a intentarlo, sucumbieron a la presión. Sois su esperanza, por favor, ¿los ayudaréis?”
Antes de que yo pudiera decir nada, Dani se negó rotundamente. No me esperaba una respuesta así por su parte, por lo que le pedí que nos alejáramos del escenario un momento para hablarlo. Le dije que por mucho que se opusiera, yo pensaba ayudarles, no podía irme sabiendo que ni siquiera lo había intentado. Sabía que yo era muy testaruda, así que, aún a regañadientes, accedió. Volvimos al escenario, donde nos esperaba el dueño del teatro, al que se le iluminó la cara cuando le dijimos que yo intentaría ayudarles. Nos pidió que nos sentáramos y esperáramos, mientras él iba a buscar la obra que yo debía completar de forma satisfactoria.
Le hicimos caso, y nos sentamos allí, con la vista perdida en el escenario, como si estuviéramos hipnotizados por aquellas pobres almas que representaban la misma escena una y otra vez. De repente, Dani posó su mano sobre mi hombro, haciendo que un escalofrío recorriera mi espalda y, suavemente, con su otra mano, hizo que me volviera hacia él. Me miró a los ojos, y me confesó algo que me pilló completamente desprevenida. Me dijo que tuviera mucho cuidado, que no podría soportar perderme de nuevo. No tenía palabras para responderle, y parecía que él no iba a decir nada más, por lo que nos miramos, perdiéndonos cada uno en los ojos del otro, hasta que la vuelta del dueño rompió el hechizo que nos había atrapado. Me entregó la primera parte de aquella obra, y allí mismo comencé a leerla.
Desde la primera página, no tuve ningún problema para sumergirme en aquella obra, empapándome de todo lo que el escritor, que debía haber sido muy bueno en su tiempo, nos contaba en ella. Me identifiqué con los personajes, conociendo a cada uno de ellos como si yo misma los hubiera creado. Cuando llegué a la escena que debía terminar, empecé a ponerme nerviosa, porque no sabía si conseguiría estar a la altura de lo que ya había escrito. Dani debió de percibir mis nervios, porque me cogió de la mano y me susurró al oído que nadie podría hacerlo mejor que yo, que era la única esperanza de aquellas almas. Me infundió ánimos, así que comencé a escribir un final. Al principio me temblaba la mano debido a los nervios, pero según iba añadiendo palabras a aquella historia me sentía más segura, y logré terminarla sin ningún impedimento más. No recuerdo cuánto tiempo pasé escribiendo, pero sí qué fue lo que sentí cuando terminé. Me sentí completamente satisfecha, plena, como si hubiera hecho algo bueno por alguien. Y así fue. Aquellas almas, por fin pudieron finalizar la representación de su obra y finalmente fueron libres para marcharse. Sus rostros se iluminaron, y sus ojos recobraron la chispa que habían ido perdiendo progresivamente tras tantos años de cautiverio. De repente, una luz invadió el escenario, cegándonos momentáneamente. Cuando pudimos ver de nuevo, aquellas almas se habían marchado, libres al fin. Les siguió, no sin antes darnos las gracias por lo que habíamos hecho, el dueño del teatro, que nos recompensó entregándole a Dani las llaves del teatro, y las escrituras a su nombre. Él y yo nos quedamos allí parados un buen rato, aturdidos, tratando de asimilar lo que habíamos vivido. Cuando nos repusimos, Dani me miró, y con una sonrisa burlona me preguntó si no pensaba invitarle a desayunar. Me hizo reir, y salimos del teatro para coger su coche e ir hacia mi casa.
Creo que durante el camino, ninguno de los dos dejamos de pensar en la confesión que Dani me había hecho, y en aquel mágico momento que habíamos vivido en el teatro y a ambos nos había parecido eterno. Cuando llegamos, le invité a pasar y le ofrecí algo de comer, pero, antes de que diera cuenta, él me besó. Fue un beso mágico, como si los dos lleváramos muchísimo tiempo esperándolo. Le cogí de la mano, y le guié hasta el dormitorio, donde empezaron las caricias. No quedó ningún centímetro de nuestros cuerpos sin recorrer, y la ropa que llevábamos voló por toda la habitación, hasta que finalmente nos fundimos en un único ser. Nos dormimos abrazados el uno al otro, como si hiciera siglos que no dormíamos ni descansábamos, como si no quisiéramos volver a separarnos nunca.
Me desperté cuando los primeros rayos de sol se colaron entre las cortinas, pero estaba sola en la cama. Creyendo que todo había sido un sueño, me puse el albornoz, y bajé a la cocina, pero un olor a café recién hecho me hizo ver que todo lo que había pasado el día anterior había sido real. Allí estaba Dani, preparando un gran desayuno. Me quedé observándole un buen rato, temiendo que aquello fuese un sueño y fuese a despertarme en cualquier momento, pero al verme, una preciosa sonrisa apareció en sus labios, esos labios que habían recorrido todo mi cuerpo hacía unas horas, se acercó a mí despacio, depositó un suave beso en mis labios, y me dijo: “Buenos días, mi amor, ¿me invitas a desayunar?”
No te quedes inmóvil
Al borde del camino
No congeles el júbilo
No quieras con desgana
No te salves ahora
Ni nunca
No te salves
No te llenes de calma
No reserves del mundo
Sólo un rincón tranquilo
No dejes caer los párpados
Pesados como juicios
No te quedes sin labios
No te duermas sin sueño
No te pienses sin sangre
No te juzgues sin tiempo
Pero si
Pese a todo
No puedes evitarlo
Y congelas el júbilo
Y quieres con desgana
Y te salvas ahora
Y te llenas de calma
Y reservas del mundo
Sólo un rincón tranquilo
Y dejas caer los párpados
Pesados como juicios
Y te secas sin labios
Y te duermes sin sueño
Y te piensas sin sangre
Y te juzgas sin tiempo
Y te quedas inmóvil
Al borde del camino
Y te salvas
Entonces
No te quedes conmigo.
Mario Benedetti