martes, 5 de agosto de 2014

Las horas prohibidas



Para M y L, always

En la habitación aún están vivos los ecos de una intensa unión, no se escuchan voces, hace tiempo que Alex y Will no necesitan palabras, pero tienen otras formas de comunicarse. Una mano retira un mechón de pelo de su rostro, y Alex sonríe, mientras con su mano acaricia la mejilla de su acompañante. Saben que les queda poco tiempo, así que recogen las prendas de ropa que la pasión ha esparcido por todas las superficies de la alcoba, y vuelven a colocárselas como se colocan la máscara que tienen que llevar en público. En el exterior, son Alexander y William, dos hombres que han sido los mejores de los amigos desde su estancia en el internado. Aquí, cuando se cierra la puerta que los separa de los prejuicios y de la crueldad, son Alex y Will, dos enamorados que darían lo que fuera por poder pasar una única noche en los brazos del otro.
Han perfeccionado el arte de hablar sin necesidad de palabras, al fin y al cabo, las miradas son su única forma de comunicarse fuera de su pequeña burbuja, sus conversaciones en el mundo exterior forman parte de los personajes que tienen que interpretar.
Alexander tiene que volver a su estudio y a William lo esperan para una clase en la universidad. Una despedida, un pequeño choque de labios, y así, abandonan su refugio, el único lugar en el que permiten ser ellos mismos, y empiezan a contar los días y las horas que les quedan para poder volver a visitarlo.
Unos días después, una tarde, mientras Alexander da un paseo para tratar de librarse del olor a productos químicos y a pintura, se encuentra con su amigo William, que acompaña a su madre y a una prima lejana con la misma intención que la suya, la de despejarse. Cuando se saludan, lo único que ve cualquier espectador es a dos amigos que hace días que no se han visto, que hablan de quedar para echar un trago en la taberna en una fecha próxima, de no dejar pasar más días. Pero, si se acerca más, podrá fijarse en el extraño brillo de los ojos del pintor, en la mueca que disimula cada vez que William sonríe a su prima. A Alex se le apoderan los celos, pero ha practicado tanto su máscara, que nadie más que Will lo aprecia, y es que sabe leer a la perfección el rostro de su amante. Sabe que es la sonrisa de Alex la que ilumina sus días, y se imagina lo mucho que le dolería verle dirigírsela a una muchacha joven y atractiva. En ese momento, lo único que desearía es envolver a Alex en un abrazo protector, pero el lugar y la compañía se lo impiden. Le implora con los ojos, le pide que se reúnan esta noche; no estaba previsto, pero ya no puede esperar más, necesita sentir los brazos de su amante rodeándole, necesita escuchar las palabras susurradas, que sólo él tiene el privilegio de oír, necesita que Alex y él vuelvan a convertirse en uno.
Cuando se encuentran, en su pequeño refugio, Alex parece reticente a hablar, mientras se apoya sobre la puerta por la que han entrado con los brazos cruzados. Aún le duele la imagen de esta mañana, pero no sabe cómo expresarlo de forma que Will lo entienda y no le juzgue por ello. Pero Will tiene otras ideas y es él quién le soluciona el conflicto diciendo:
-          Ver la expresión de tus ojos esta mañana cuando me has visto con mi prima casi hace que te abrace allí mismo, delante de todo el mundo. No quiero verte sufrir así nunca, y menos aún ser yo el causante de este sufrimiento. Sabes que sólo tengo ojos para ti, ¿verdad? Cada vez que nos encontramos en un lugar lleno de gente, mi mirada te encuentra en cuestión de segundos, y soy incapaz de apartar la vista de ti. Dios, ¡cuánto desearía poder ignorar las estúpidas leyes de esta sociedad y pasear llevándote a ti del brazo!
Aunque no le ha dicho nada que no supiese ya, las palabras de Will hacen que el pulso de Alex se acelere, a la vez que algo cobra vida en su estómago y bate las alas. Por su parte, él siempre se ha expresado mejor con gestos que con palabras, así que toma delicadamente el rostro de su amante entre sus manos y lo atrae hacia sí, hasta que pueden respirar el mismo aire, hasta que sus labios se encuentran en un gesto desesperado que hace las veces de pregunta y de respuesta.
-          Verte así, con ella, ha sido como sentir que me clavaban una estaca de hielo en el corazón. No he podido dejar de imaginarme veinte escenarios, en los que me decías que ibas a hacer lo correcto y a casarte con ella; y en todos ellos yo acababa destrozado. Eres tan importante para mí, Will, que lo que más miedo me da en esta vida es perderte.
Esa noche, en la pequeña habitación, no se habla con el lenguaje de las palabras, si no con los labios y las manos. Las prendas de ropa vuelan en todas las direcciones posibles, lanzadas por dos amantes que no pueden esperar para sentir la piel del otro bajo sus dedos. Labios que se deslizan sobre labios, dientes que chocan desesperadamente, y todo lo que puede oírse en esa alcoba durante gran parte de una hora es la respiración entrecortada de sus habitantes.
Tras un último beso, cuando la necesidad de respirar les obliga a separarse, se quedan tan cerca el uno del otro como pueden, frente contra frente, perdiéndose en sus miradas, pero en esta ocasión es la temblorosa voz de Alex la que rompe el silencio:
-          Sé que nunca podré darte un anillo, nunca podremos caminar juntos a un altar, pero quiero que tú yo sepamos que el vínculo que compartimos es tan sagrado como el matrimonio, quiero que seas mío, igual que yo soy tuyo en cuerpo y alma. Ni siquiera la muerte podrá separarnos, pues lo único que hará será liberarnos para que podamos estar juntos sin preocuparnos por las sospechas o por las expectativas, seremos uno, para toda la eternidad. Si pudiera, gritaría con orgullo a todo aquel que quisiera escuchar que te he estrechado entre mis brazos, que he compartido la más secreta de las pasiones contigo, y que mi corazón, como el resto de mí, te pertenece.
Will, que se ha quedado sin palabras para responder a este discurso, observa cómo Alex se estira, retira algo del cajón de la mesilla de noche y se lo ofrece de forma reverencial. Toma ese algo en sus manos tan delicadamente como se le ha ofrecido, y observa ensimismado la pequeña caja envuelta en seda roja. Con manos temblorosas retira la envoltura y la abre, y de sus labios se escapa un sonido de sorpresa al ver su contenido. La única respuesta que encuentra es abrazar a Alex con todas sus fuerzas, hundiendo la cabeza en la unión de cuello y hombro con la esperanza de que este no vea sus lágrimas. Pero su amante, que tiene todos sus sentidos afinados a los suyos, las nota sobre su piel. Respetando el silencio, le devuelve el abrazo mientras su mano recorre suavemente su espalda, trazando dibujos que nunca llegarán a ser plasmados en un lienzo.   
Mientras tanto, olvidado por el momento en la pequeña caja, yace un hermoso reloj de bolsillo, fabricado en plata con un grabado único. Una serie sucesiva de lápices y pinceles dibujan una “W” perfectamente visible. Y, escondida, solo visible para quién esté esperándola, se encuentra una “A”, que se entrelaza con la “W”. No, Alex no podrá darle nunca un anillo, pero Will no lo necesita, no cuando puede lucir con orgullo esta perfecta representación de su unión durante el resto de sus días.
Para la sorpresa de Will, es Alex el que vuelve a romper el silencio:
-          Prométeme, que pase lo que pase, nunca dejarás de darle cuerda. Quiero que este reloj siempre esté aquí para marcar las horas prohibidas que pasamos juntos, que siempre esté en tus manos para que compruebes el tiempo que queda hasta que volvamos a vernos. Prométeme, que siempre serás mío.
Con un beso, y un susurrado “lo prometo”, los dos amantes se entregan completamente el uno al otro, para toda la eternidad, marcada por dos agujas en un pequeño reloj de bolsillo.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Dudas

¿La ves? Esa chica de allí, esa chica que parece tan segura de sí misma, que está tan ocupada moviéndose de un lado para otro, que parece saber lo que está haciendo en todo momento… Te contaré algo sobre ella, algo que puede que ni ella misma sepa con total seguridad. Se mantiene ocupada porque sí sabe que, si se parase, probablemente no podría volver a moverse.

Cada vez que su cuerpo frena, su mente empieza a correr y le asaltan las dudas: ¿de verdad está haciendo lo que siempre quiso hacer? ¿De verdad vale para esto? ¿Realmente valdrá la pena todo este esfuerzo? Y casi todas esas ocasiones en las que su cuerpo para y esa vocecita empieza a hacerle preguntas, sus ojos se vuelven nubes y en su cara se desata una tormenta. La mitad de las veces, ni siquiera sabe porqué llora.

A veces piensa que escribir podría ayudarle a ordenar sus ideas, pero cada vez que se sienta delante de un papel en blanco, su mente se vuelve del mismo color. Tiene ideas, sabe que las tiene, quiere escribir, pero parece que ha olvidado cómo hacerlo. Y entonces, simplemente vuelve a buscar algo para mantenerse ocupada, e intenta no volver a dejar que le asalten esas dudas.

Ha pasado ya muchísimo tiempo, ha perdido la cuenta, y se siente como Alicia, corriendo tanto como puede para encontrarse siempre en el mismo lugar. Pero ella no sabe si realmente es allí donde debe estar.

domingo, 17 de julio de 2011

Érase una vez


Érase una vez – espera un segundo - ¿qué ocurre? Era así como empezaban los cuentos, ¿no? Y aunque este sea un cuento algo especial, sigue siendo uno de ellos, se merece un principio digno. – Está bien, sigamos.

Érase una vez una princesa – espera - ¿Otra vez? ¿Qué pasa ahora? - ¿Una princesa? ¿Estás segura de que quieres seguir por ese camino? Son todas tan estiradas, tan perfectas, con todas sus doncellas, siempre preparándoles los vestidos y haciéndoles peinados cada vez más extravagantes… - Bueno, pero si me dejaras continuar verías que esta no es una de esas princesas que tan poco parecen gustarte, ¿puedo? – Sí, claro, adelante.

Érase una vez una princesa, no una de esas princesas que siempre vestían de rosa y se pasaban la vida suspirando en su castillo, esperando a que su príncipe azul llegara. No, nuestra princesa era especial, nunca le había gustado vestir de rosa, de hecho, nunca había llevado vestidos – Espera, espera – Ya tardabas, ¿qué ocurre? - ¿No llevaba vestidos? Entonces, ¿se paseaba desnuda por el castillo? – Pero mira que puedes llegar a ser simple. No, claro que no, vestía como un caballero, ni siquiera como un príncipe, pues no llevaba tantos adornos como ellos. – Entonces sí era una princesa especial, está bien, continúa.

Érase una vez una princesa, no una de esas princesas que siempre vestían de rosa y se pasaban la vida suspirando en su castillo, esperando a que su príncipe azul llegara. No, nuestra princesa era especial, nunca le había gustado vestir de rosa, de hecho, nunca había llevado vestidos, le gustaba vestir pantalones, que además eran la ropa más adecuada para los largos paseos que daba por el bosque. Le encantaba cabalgar, y en cuanto tenía un rato libre salía al campo a disfrutar del aire libre con su caballo, un precioso alazán, bastante altivo y cabezota, pero al que ella sabía manejar a la perfección. Mientras cabalgaba dejaba que su mente vagara por los más remotos parajes, y soñaba - ¡Ajá! – Por dios, ¿qué te pasa ahora? – Ya está, es como las demás princesas por mucho que la disfraces, seguro que soñaba con un príncipe azul que le llevara una rosa y esperara bajo su ventana para verla. – Si me dejaras continuar, sabrías cómo sigue la historia, y verías que esta no es para nada una princesa normal, así que, ¿puedo? – Sí, claro, por favor.

Érase una vez una princesa, no una de esas princesas que siempre vestían de rosa y se pasaban la vida suspirando en su castillo, esperando a que su príncipe azul llegara. No, nuestra princesa era especial, nunca le había gustado vestir de rosa, de hecho, nunca había llevado vestidos, le gustaba vestir pantalones, que además eran la ropa más adecuada para los largos paseos que daba por el bosque. Le encantaba cabalgar, y en cuanto tenía un rato libre salía al campo a disfrutar del aire libre con su caballo, un precioso alazán, bastante altivo y cabezota, pero al que ella sabía manejar a la perfección. Mientras cabalgaba dejaba que su mente vagara por los más remotos parajes, y soñaba con dragones. Desde pequeña sabía que las historias con zapatitos de cristal no eran las apropiadas para ella (de todas formas, si los fabricasen, no los harían de su talla), y desde entonces había soñado con ser secuestrada por un dragón - ¡¿Qué?! ¿Una princesa que sueña con ser secuestrada? ¿De verdad crees que voy a creerme eso? – Es un cuento, no necesito que te lo creas, sólo que lo escuches, así que, si no te importa…

Érase una vez una princesa, no una de esas princesas que siempre vestían de rosa y se pasaban la vida suspirando en su castillo, esperando a que su príncipe azul llegara. No, nuestra princesa era especial, nunca le había gustado vestir de rosa, de hecho, nunca había llevado vestidos, le gustaba vestir pantalones, que además eran la ropa más adecuada para los largos paseos que daba por el bosque. Le encantaba cabalgar, y en cuanto tenía un rato libre salía al campo a disfrutar del aire libre con su caballo, un precioso alazán, bastante altivo y cabezota, pero al que ella sabía manejar a la perfección. Mientras cabalgaba dejaba que su mente vagara por los más remotos parajes, y soñaba con dragones. Desde pequeña sabía que las historias con zapatitos de cristal no eran las apropiadas para ella (de todas formas, si los fabricasen, no los harían de su talla), y desde entonces había soñado con ser secuestrada por un dragón, había imaginado la escena tantas veces que casi le parecía haberla vivido. El dragón se la llevaría a un antiguo castillo, y allí ella, utilizando un inteligencia y todo lo que sabía de dragones (por algo llevaba años estudiando su comportamiento) conseguiría hablar con él, y hacerse su amiga. Conseguiría que la liberase, sin ayuda de nadie, y se convertiría así en la primera princesa que reinaría en su país por derecho propio; la verdad es que le horrorizaba la idea de casarse con uno de esos príncipes melosos que vagaban por los reinos vecinos buscando una princesa para ampliar su reino.

Sin embargo, un día le sucedió algo que nunca hubiera podido imaginar. Fue secuestrada, pero no por un dragón, si no por un príncipe. Un príncipe bruto, torpe y cabezota contra el que su inteligencia no pudo hacer nada. Él la llevó a un castillo abandonado, y allí la encadenó, esperando que con el tiempo entrara en razón y consintiera en casarse con él. – Vamos, lo que me faltaba, un príncipe secuestrando a una princesa, ¿qué espera? ¿Que desarrolle el síndrome de Estocolmo? – Bueno, ya está, me he hartado de tus interrupciones, a partir de ahora, vas a escucharme, y si vuelves a interrumpirme, seré yo quien te encadene a ti, ¿queda claro? – Ehm, si, claro, por supuesto. Continua, por favor. – Gracias.

Sin embargo, un día le sucedió algo que nunca hubiera podido imaginar. Fue secuestrada, pero no por un dragón, si no por un príncipe. Un príncipe bruto, torpe y cabezota contra el que su inteligencia no pudo hacer nada. Él la llevó a un castillo abandonado, y allí la encadenó, esperando que con el tiempo entrara en razón y consintiera en casarse con él. La princesa había probado todos los trucos que conocía para huir de allí, pero nada había funcionado. Hasta que un día, cuando ya estaba a punto de rendirse, una llamarada atravesó una de las ventanas del castillo, seguida por la criatura que la había provocado. Ella parpadeó rápidamente, creyéndose víctima de una alucinación, pero cuando una fuerte garra de dragón la liberó de sus ataduras y la llevó a un lugar más seguro, supo con certeza que aquello era real. Vio al dragón batirse con el príncipe, y temió por la vida de ambos, hasta que el dragón consiguió vencer y el príncipe ocupó el lugar que hasta hacía poco había ocupado la princesa, encadenado a la pared de su propio castillo. El dragón dejó que la princesa subiera a su espalda, y la llevó hasta su hogar, donde habló con ella, explicándole que llevaban tiempo observándola, observando cómo los había estudiado, y que necesitaban a alguien que velara por ellos, por su seguridad en el mundo de los humanos, porque dejaran de cazarlos y de tratarlos siempre como las malvadas criaturas de los cuentos que todos creían que eran. Y así fue como nuestra princesa se convirtió en la embajadora del reino de los dragones, aquellas criaturas a las que siempre había amado, así fue como su sueño se hizo realidad.

- Vaya, esperaba escuchar alguna queja sobre el final del cuento, pero veo que parece que te ha gustado. - ¿Gustarme? Me has dejado sin palabras, es uno de los mejores cuentos que he escuchado nunca. Gracias por dejarme escucharlo –

lunes, 14 de febrero de 2011

De la razón a la locura

"Hay siempre algo de locura en el amor; pero siempre hay algo de razón en la locura." - Friedrich Nietzsche

¿Cómo puedes estar haciéndome esto? ¿Por qué no me di cuenta antes? No me lo puedo creer, no sé cómo no he conseguido sacarte aún de mi cabeza. Cada uno de mis pensamientos gira aún en torno a ti. Aquí me tienes, delante de un folio en blanco, cuando podría estar haciendo otras mil cosas, y estoy escribiéndote esto. Quizá dejándote entre estas líneas consiga que en mi cerebro haya un poco más de espacio para pensar en lo importante.

Y es que odio esta sensación. No puedo soportar más el hecho de caminar por inercia, porque mi cuerpo sabe que tras mover un pie debe mover el otro. Y aún así, cada vez que tropiezo, sigo esperando que estés allí para recogerme antes de caer. Pero no estás, y así he caído una y mil veces desde que te fuiste.

¿Y sabes qué es lo peor de todo esto? Que fui yo quién decidió terminar. Fui yo la que se prometió que sería capaz de olvidarte, que podría sacarte de mi cabeza sin ningún problema. Pero hubo algo que no supe tener en cuenta. No estabas en mi cabeza, tu imagen estaba grabada a fuego en cada poro de mi piel, en cada músculo, en cada célula, en cada rincón de mí, allí estabas tú.

¿Por qué me hiciste caso cuando te dije que te fueras? ¿No alardeabas tanto de quererme? Pero claro, era yo la que no creía en el amor, te lo repetí una y mil veces antes de que decidieses arriesgarte y lanzarte a por mí. Te lo repetí tantas veces que al final acabaste por creerlo tú también, al igual que lo creía yo. Pero, pobre de mí, ahora sé que no es cierto, te amaba, te he amado como a nadie, y aunque me duela reconocerlo, sigo amándote.

¿Por qué no luchaste por mí? ¿Por qué no discutiste conmigo? Sabes que me encantan las discusiones, pero desde que no estás no tengo ningún oponente digno, ya sólo discuto conmigo misma. ¿Alguna vez te preguntas cómo estoy? Yo me pregunto por ti a menudo. Me he preguntado cientos de veces si tú también te sentirás como yo, si habrás sido capaz de olvidarme o si estarás también luchando por expulsarme de tus pensamientos.

Sin ti ya nada es lo mismo, ya no puedo ver una película sin pensar en cómo reaccionarías al ver una determinada escena, ya no tengo a nadie con quien comentar lo que más me ha gustado de los últimos discos que he escuchado, ya no estás para leer conmigo todas las noches antes de acostarnos…

Y, ¿por qué? Muy sencillo, porque tuve miedo. Te estabas acercando demasiado a mí, te quedaban muy pocos rincones de mi mente por conocer, y siempre me ha atemorizado la idea de que quien llegue a saber totalmente como soy, quien llegue a conocer mi personalidad al completo, no quiera estar más tiempo a mi lado.

Decidí terminar antes de que eso sucediera, aunque es posible que guardase la esperanza de que lucharas por mí, de que me preguntaras por qué quería acabar, de que me aseguraras que eso que yo tanto temía no iba a ocurrir. Pero no fue así, tu rostro reflejó el dolor de mil corazones rotos cuando te pedí que te fueras, cuando te dije que no había nada más que hacer por nosotros, pero no fuiste capaz de decirme nada, no te molestaste en preguntar, simplemente empaquetaste tus cosas y saliste por la puerta. En aquel momento pensé que sería lo mejor, pero ahora aún me duele el recuerdo de esa expresión de dolor que se ha quedado grabada a fuego en mi mente.

Desde entonces todas las noches te veo en mis sueños, todas mis pesadillas terminan con tu rostro en ellas, con el sonido de un corazón rompiéndose, como si se tratara de un delicado envase de vidrio.

Es gracioso, ¿no crees? Que sea precisamente yo la que esté escribiendo estas líneas mientras que tú, que tantas veces te llevaste a los labios la palabra amor, que tantas veces la empuñabas como si fuera al arma más poderosa del mundo, te fuiste sin si quiera mirar atrás.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Me gustaría

Me gustaría simplemente que al irme a la cama hubiera alguien allí, que el colchón no estuviera tan frío, que la habitación fuera más acogedora. Sentir una mano deslizándose por mi espalda, por mi brazo, hasta llegar a rodearme por completo, sentir un aliento cercano, una respiración conocida, y poder sumergirme en los mundos de Morfeo en compañía, sin miedo de adentrarme en ellos yo sola.

Me encantaría despertar y saber que sigue allí, que la casa no va a estar envuelta en ese silencio sepulcral que parece reinar todas las mañanas. ¿Cómo será compartir ese café humeante con alguien? Una despedida cariñosa antes de salir de casa, un abrazo, un beso, un “te echaré de menos”. Y ajustarme el abrigo al salir a la calle en una fría mañana de invierno, sonriendo, mientras pienso en lo que he dejado en casa. Mirar hacia la ventana y ver que está allí, observando cómo me alejo poco a poco.

Anhelo llegar a casa, y esperar hecha un manojo de nervios hasta escuchar el sonido de una llave girando en la cerradura, hasta ver entrando por la puerta a alguien a quien pueda contarle mi día, con quien pueda compartir todos mis pensamientos, sin ningún temor a que los malinterprete o se burle de ellos. Alguien con quien sentarme tranquilamente en el sofá, con quien acurrucarme en una fría noche, alguien con quien pasar el tiempo, sin necesidad de pasatiempos, alguien con quien realmente conecte a todos los niveles.

Y, al finalizar el día, volver a esa cama que no volverá a estar fría.

jueves, 11 de noviembre de 2010

¿Poema?


Esta madrugada desperté anhelante

Soñé que volvías, no te habías ido

Y quise tus besos, tu abrazo, tu cuerpo

Mas al darme cuenta de que no era cierto

Cubierta de lágrimas, desperté del sueño.


Pido perdón por esta pequeña intromisión, pero no sé cómo he escrito esto hoy. Hacía mucho tiempo que no escribía algo reomotamente parecido a la poesía, y me he sorprendido a mí misma. Se admiten críticas, como siempre, que es un campo en el que tengo mucho, muchísimo que aprender.


martes, 2 de noviembre de 2010

Si yo fuera...

Un personaje manga

Estoy segura de que si fuera un personaje de manga sería uno de esos personajes oscuros, rodeados por un aura de misterio, que siempre atraen la atención del lector. Esperaría, unas veces con más paciencia y otras con menos, a que mi creador me dibujara, sabría que cada vez habría algo diferente en mí, aunque siempre sería el mismo. Pero habría un trazado distinto, una línea más, quizás un enredón más o menos en mi larga melena, porque sí, mi pelo sería largo y oscuro, o quizás de dos colores contrapuestos, como el blanco y el negro. No me importaría tener cicatrices, siempre y cuando hubiese aprendido de ellas, y me embarcaría gustosamente en todas las aventuras que mi creador me propusiera. Vestiría de forma elegante, quizás con traje o con ropa algo más casual, pero siempre en tonos fríos, y el color predominante en mi fondo de armario sería desde luego el negro, tan acorde a mi personalidad misteriosa.

Pero, llegado el momento, sé que me cansaría de vivir todas esas aventuras yo solo, de que mi creador me dibujara una vez más para que nadie más pudiera decirme lo cambiado pero igual que estaba. Querría compañía, y así lo notaría el creador por la expresión de mi semblante, que la acusada sensación de soledad habría modificado. Entonces, él dibujaría a alguien más para mí, alguien alegre, que vestiría en tonos cálidos, y con una personalidad completamente abierta y sincera. Sería quien me acompañase en mis aventuras, sería mi contrapunto. Y así, no me importaría vivir cuantas aventuras se me propusieran, sabiendo que al llegar a casa no volvería a estar solo.

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Un pequeño ejercicio de descripción. Ya que últimamente parece que no soy capaz de sentarme tranquilamente frente a un papel intentaré tener alguno de estos listo de vez en cuando. Es divertido, y es un buen ejercicio para la imaginación. ¿Alguien adivina en qué personaje me he basado?

miércoles, 22 de septiembre de 2010

La pérdida

No, no te atrevas, no me digas adiós, no esta noche. Por favor, pasearemos de nuevo juntos por nuestro jardín”. La voz se le quebraba al tiempo que en sus ojos asomaba una auténtica súplica, un ruego, le pedía más tiempo, no se hacía a la idea de poder vivir sin ella, no se creía capaz, pero ella no llegó a ver esa expresión suplicante en sus ojos, ya se había ido.

Él había apoyado la cabeza en su cama, en contacto con ese cuerpo tan querido, y no fue hasta que volvió a mirarla que se dio cuenta de que ya no estaba allí. Un grito, que pareció más bien un aullido rompió la serenidad de aquella casa que tanta vida había albergado antaño y tan vacía parecía ahora.

Cuando llegué allí la mañana siguiente lo encontré vagando por el jardín, completamente pálido, hablando consigo mismo. Repetía una y otra vez las mismas palabras que le había dicho a ella por la noche, esa súplica que no sabía si ella había llegado a escuchar, confiando en que el sonido de su voz llegase allí donde fuera que ella se encontrara ahora.

Viéndolo tan afectado, corrí hasta las habitaciones de aquella a la que él tanto había amado, encontrándola en su cama. De no haber sido por el hecho de que no percibí ningún movimiento propio de la respiración en su pecho hubiera pensado que dormía plácidamente. Por desgracia, pude ver que no era así, y caí de rodillas al comprender que esa pobre mujer yacía allí, muerta. La había visto sufrir tan desmesuradamente los últimos tiempos que no pude evitar pensar que era mejor para ella así, al menos ahora podía descansar al fin.

No pude hacer otra cosa que no fuera llamar al doctor para que confirmase la muerte de aquella que había sido mi mentora antaño, aquella que fue mi amiga después, aquella que, como a mí me gustaba pensar, ahora debía estar en algún lugar mejor.

Dejé al doctor ocupándose de todo y salí al jardín a buscar al desdichado muchacho que acababa de perder a su madre. Me inspiraba una compasión tremenda, más cuando lo sentía como si fuera mi propio hermano.

viernes, 21 de mayo de 2010

Refugio


Corrí tanto como pude para perderme de nuevo en aquel bosque, el mismo que siempre me había refugiado cuando era una niña e intentaba huir de todo lo que me rodeaba, el mismo que me había dado cobijo cuando en mi adolescencia el mundo se me venía encima. Ese bosque que siempre estaba en mis pensamientos, que tenía reservado un pequeño hueco en mi corazón. Conocía a todos los árboles que lo poblaban, incluso les había puesto nombre en las largas tardes que había pasado allí sola, rodeada de naturaleza. Pero ahora… Ahora la mitad de aquellos árboles, que habían sido verdaderos amigos para mí, ya no estaban allí. Sentí como si una pequeña parte de mí misma hubiera desaparecido con ellos. ¿Quién refugiaría ahora a los niños que quisieran jugar, a los adolescentes que necesitasen huir, a quienes, simplemente, quieran escapar de la civilización y hablar con el bosque?

lunes, 15 de febrero de 2010

Viejas Amistades

Querida Victoria:

Te escribo estas líneas para darte las gracias por la noche de ayer. Gracias a ti recordé lo que sentía por esas dos amigas que viven conmigo desde hace tiempo.

Verónica sigue siendo tan alta y delgada como siempre, y conserva su carácter dulce, ese que me hizo acercarme a ella la primera vez, y que me obligaba a volver en cada ocasión de que disponía. Cuando la vi, mi cuerpo tembló con el recuerdo de los muchos momentos que habíamos pasado juntos. Me encontré a mí mismo reviviendo viejos instantes, recordando lo mucho que la quería, y percatándome de que no había dejado de quererla. Como si hubiese sido ayer la última vez que la sostuve entre mis brazos, mis manos acariciaron todo su cuerpo, sin que quedara un solo rincón por recorrer, y mis dedos pasearon por sus puntos clave, presionando aquellos que conocía tan bien, aquellos que la harían estremecerse de placer, mientras acercaba mis labios a los suyos consiguiendo, tal y como yo quería, que emitiese un suave gemido tras otro…

Le prometí que no la olvidaría de nuevo, que seguiría volviendo a tocarla y besarla siempre que la ocasión se presentase, y la dejé ir.

Te observé durante unos minutos, y vi que me devolvías la mirada, sonriendo. Entonces descubrí que Elisa estaba allí, apoyada en la pared, esperándome.

Elisa siempre había sido la más dura de las dos, la que más se me resistía. Era preciosa, morena, con unas curvas impresionantes, y siempre que la acogía junto a mi cuerpo me hacía sentirme capaz de cualquier cosa. Rodeé su figura con mis brazos, como había hecho antaño tantas veces, tratando de recordar cuáles eran sus puntos débiles, esos que la harían temblar transmitiendo la vibración de su cuerpo al mío. Los busqué a tientas, pasando mis dedos por aquellos de los que guardaba algún recuerdo de su situación.

Cuando nuestros apasionados cuerpos dejaron de palpitar, dejé que Elisa se fuera, y volví la vista hacia ti, mi gran tesoro de la noche, la persona que culminaría una velada que había sido casi perfecta. Clavaste en mí tus hermosos ojos, consiguiendo que yo me estremeciera como antes se habían estremecido Verónica y Elisa. Me acerqué a ti, despacio, tratando de saborear los segundos previos a un momento que sabía que iba a ser mágico, nuestro primer beso de la noche, las primeras caricias… Te negaste a prolongar la espera, y alargaste hacia mí tus brazos, atrayéndome hacia ti y haciendo que me tumbara contigo en la cama, esa cama que nunca había visto dos personas tan compenetradas, que nunca había saboreado tanta excitación como la que pudo experimentar anoche junto a nosotros.

Despertar esta mañana junto a ti ha sido lo más cerca que he estado nunca de vivir un sueño. Verónica y Elisa estaban tiradas en el suelo, así que las he recogido antes de irme. La flauta travesera está en la estantería, y la guitarra, como siempre, está apoyada en la pared.

Ahora tengo que marcharme, pero no quería irme sin demostrarte de nuevo mi agradecimiento por todo lo que hiciste anoche por mí, había olvidado lo bien que puede hacerme sentir el formar parte de la música.

Te llamaré esta tarde. Te quiero:

Nefertari

domingo, 7 de febrero de 2010

Musas a la fuga

Bueno, vengo por aquí a pediros ayuda.... un favor, más bien

Últimamente estoy sin ideas para escribir, y me gustaría que vosotros me propusieráis aquí un tema, de la forma que queráis. Puede ser dejando una imagen, diciendo una palabra, una idea, una historieta, un chiste.... Y yo de ahí intento hacer un pequeño relato.

Creo que para vosotros puede ser divertido (intentad no putearme mucho) y para mí puede ser un reto que me ayude a crecer algo más como escritora.

¡¡Gracias!!

martes, 1 de diciembre de 2009

Desierto

(E.E.) Un grito ha roto de repente el silencio. ¿Qué habrá ocurrido? Creía que aquí no había nadie. Me acercaré más para ver quién pide ayuda tan desesperadamente. Vaya, es una persona, un hombre. Parece que está asustado. No sabe cómo ha llegado hasta aquí. Trata de pedir ayuda a gritos, pero no sabe que no hay nadie que pueda ayudarle, ni siquiera un animal que huya al oírle gritar. Aquí, desde hace años solo vivo yo. Trataré de contestarle, hace tanto tiempo que no tengo a nadie con quién hablar que no sé si logrará entenderme:

- ¡Hola! Lo siento, estás solo, nadie puede oírte excepto yo.

Espero a que responda, pero parece que se ha asustado más; mira hacia los lados, como si buscase un lugar por el que escapar, pero desesperado ve que todo a su alrededor es idéntico, un inmenso desierto. Intentaré hablar con él de nuevo:

- No hay salida. El único modo de salir de aquí es hacerlo del modo que llegaste, pero… ¿cómo has llegado hasta aquí?

Vaya, ahora está temblando, se ha sentado en el suelo y se abraza las rodillas. Ya no grita, y tiene la vista fija, pero no mira a ninguna parte. Se está hundiendo, pero no trata de librarse de la arena que le atrapa. Dentro de poco ni siquiera podré verle. Ya está, ha desaparecido. Estoy solo de nuevo. Pero…

(H.H.) ¿Quién ha gritado? ¿He sido yo? Sí, así ha sido. ¿Dónde estoy? He despertado de repente, y a mi alrededor todo lo que veo es un desierto, un desierto inmenso. Mire hacia donde mire, no hay muestras de vida, todo es idéntico, y ya ni sé si miro a la derecha o a la izquierda. Vuelvo a gritar, pero no creo que nadie pueda oírme, ni siquiera he visto signos de vida animal. Pero…, un momento, estoy oyendo algo, si aquí no hay nadie, ¿qué puede ser? Es como si una voz viniera del cielo, pero no logro comprender qué dice, si es que realmente está diciendo algo y no es mi imaginación la que me está jugando una mala pasada. Desesperado, vuelvo a mirar a mi alrededor, tratando de buscar algún lugar por el que salir de aquí, pero todo me parece idéntico… De repente, vuelvo a escuchar una voz, y en esta ocasión además puedo entender qué es lo que dice: que no hay salida, que solo puedo salir por el mismo camino por el que he llegado, ¡pero no sé cómo he llegado hasta aquí! Mi cuerpo tiembla, no hay ningún camino por el que huir, así que me siento y me abrazo las rodillas, procurando tranquilizarme. Aterrado, me doy cuenta de que estoy paralizado. Me hundo en la arena, pero no puedo moverme, ni siquiera puedo gritar. Dentro de poco me habré hundido completamente. Me resigno, una vez me hunda, estaré muerto…

Otro grito. De nuevo, he sido yo, pero si miro a mi alrededor no hay desierto, únicamente veo mi habitación. Estoy en la cama, empapado en sudor. ¿Una pesadilla? Un sueño demasiado real, aterrador. Me siento, intentando que mi respiración y los latidos de mi corazón vuelvan a la normalidad.

(E.E.) De nuevo, silencio. Se ha ido, pero se ha llevado algo con él. Ahora puedo ver a través del agujero por el que se ha hundido. Veo un mundo que creí haber soñado, pero no, ahora lo recuerdo, es un mundo que conozco, o que una vez conocí. Si me acerco más lo veo a él, él me ha devuelto ese mundo, me ha ayudado a recordar. Allí está, sentado en una cama, como si tratara de tranquilizarse, parece que es de noche y hasta hace poco dormía… Vaya, ¿he sido yo su pesadilla? Ahora lo recuerdo, hubo un tiempo en el que yo también dormía, en el que soñaba, en el que existía…

(H.H.) Ya estoy más calmado, intentaré dormir de nuevo. Me tumbo, pero no puedo evitar proferir un grito al ver algo en el techo, algo que no debería estar ahí. Es como una ventana, un agujero irregular, pero la imagen que veo a través de él es horripilante. Un cielo completamente azul, un cielo como el que acabo de ver en mi pesadilla. Sin embargo… hay algo diferente, me asusto al ver dos ojos, brillantes, que me observan. Cierro los ojos, esperando que desaparezcan y ya no estén allí por la mañana…

(E.E.) Le he asustado, de nuevo. Debo estarle agradecido, me ha devuelto mis recuerdos. Le dejaré descansar, taparé este agujero, espero que él viva una vida que luego pueda recordar.